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Un poco de sado

  • Foto del escritor: Chusa Gallego
    Chusa Gallego
  • 28 jul 2015
  • 2 Min. de lectura

No me gusta maltratar a nada, ni a nadie, pero hay veces que por puro instinto de conservación, debemos actuar con la contundencia de un amo en una sesión de sadomasoquismo.

Al lunes por ejemplo, hay que someterle desde el primer segundo. Hacerse dueño y señor de su tiempo, dejarle ver que al más mínimo intento de desobediencia, se castigará su atrevimiento con severidad y sin remilgos.

Para empezar, le quitaremos esa ropa sucia con la que se disfraza de deprimente día de la semana. No le dejéis ni que hable, nosotros tenemos la palabra. Después le pondremos desnudo, a cuatro patas, para que nos muestre sin escrúpulos su calendario abierto. En ese momento, nuestro objetivo, habrá empezado a adquirir una consistente erección y se abrirán para nosotros las puertas del recto propósito que nos hayamos fijado.

Cuando el martes vea, desde el otro lado del futuro, la disposición en la que tenemos a su compañero, dad por hecho que se presentará mañana sumiso, presto a cualquiera de nuestras fantasías.

Azotadle fuerte esas nalgas que acostumbra a posar sobre nuestra esperanza. El culo del lunes solía ser feo, visto desde su propia noche, cuando repasamos lo que hemos hecho con el día. Pero ahora se presenta terso, sumiso, sin voluntad propia y rendido a nuestros deseos. Veréis como se contrae de gusto con cierta sonrisa, porque le deleita nuestro mandato. El lunes no es nadie sin la superioridad de nuestra conducta, y lo sabe. Pedidle que suplique más azotes en sus intimidades. Enseguida veréis como implora que se le viole, porque disfruta sintiendo que lejos de ser el peor día de la semana, es el mejor amante para comenzarla.

Ahora que ya está chorreante de posibilidades, atreveros a penetrarle sin prejuicios hasta el fondo de sus veinticuatro horas. Empujad hasta dentro todo vuestro potencial y bombeadle los planes, sin pausa, intentando hacerle daño. No lo conseguiréis porque el placer es compartido y los deleitables resultados de esa ferocidad son mutuos. Os digo que le gusta sentirse pleno, le encanta aportar a nuestra vida el orgasmo mayúsculo que juntos disfrutamos con esa actitud carente de miedo ni conciencia.

¿Le oís? Está diciendo "¡Sí, mi amo !"... qué vicioso, me encanta...

Ahora alargad cuanto podáis la sesión de esclavitud, hasta que ambos caigáis sobre la noche exhaustos de complacencia. Vosotros por someterle y él por humillarse hasta su gripado, con la subordinación de un pistón de Ferrari. Después, por si fueran pocas las deliciosas fantasías que os ha consentido, os regalará el más feliz de los sueños, porque el agotamiento derivado de la perseverancia, siempre se torna en satisfecha somnolencia.

Descansad cuando hayáis acabado, nos lo merecemos.

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